El control de las anemias
La anemia es una entidad morbosa que se caracteriza por una disminución de la capacidad de la sangre para trasportar oxígeno a los tejidos.
Esta capacidad disminuida puede ser provocada por una disminución de la cantidad de glóbulos rojos, por una concentración disminuida de hemoglobina, por una disminución de la relación entre volumen de los glóbulos rojos y volumen de la sangre (hematocrito). Los valores de estas tres entidades varían con la edad y el sexo; en la práctica se considera que cuando se verifica una baja con respecto a los valores enumerados en la tabla que se reproduce en esta, página, uno se encuentra ante una anemia.
La disminución de hemoglobina y la correspondiente reducción de la capacidad de la sangre de trasportar oxígeno es la forma más frecuente de anemia y constituye el fundamento patológico de los síntomas principales que acompañan a la anemia: debilidad, dificultad en la respiración, latido cardíaco con mayor frecuencia, etcétera.
Sin embargo, la palabra anemia es demasiado general para que sea suficiente desde un punto de vista diagnóstico y, sobre todo, para decidir una terapia eficaz.
Por lo tanto es necesario recurrir a algunos exámenes de laboratorio que permitan especificar la mayor parte de las anemias y remontarse a sus causas.
En los niños, el diagnóstico de una anemia se facilita bastan te si se tienen en cuenta sus causas más frecuentes: antes que nada, la carencia de hierro en la dieta. Aun en los países altamente desarrollados se comprueba esta forma de anemia en la infancia con una incidencia que puede atacar a más de la mitad de la población infantil.
En segundo lugar, están las anemias secundarias de las enfermedades infecciosas y crónicas.
Existen luego las anemias debidas a anormalidades de la estructura de la hemoglobina o a deficiencias en su formación, mientras que en el recién nacido tienen importancia capital las enfermedades hemolíticas, que se caracterizan por una destrucción masiva de los glóbulos rojos.
Otras camas de anemia son relativamente raras pero deben ser investigadas con atención cuando se excluyen las más frecuentes.
Después del nacimiento, cuando se produce el cambio de la respiración por medio de la placenta a la respiración pulmonar, mucho más eficaz, es la comprobación de una disminución de la hemoglobina y del volumen de lo, glóbulos rojos con respecto al volumen de la sangre, pero después de 6 a 8 semanas vuelven a aumentar su producción como para mantener una concentración estable de hemoglobina, no obstante que el volumen de la sangre se triplique en el primer año de vida. En los niños prematuros la anemia fisiológica de las primeras semanas de vida es mucho más marcada con respecto a los que nacieron en término, y, alrededor de los 2-3 meses, para niños que pesaban al nacer alrededor de 1800 gramos, la hemoglobina puede descender a 9,5 gramos cada 100 mililitros de sangre y el hematocrito al 28 por ciento, en comparación con valores medios normales de 11,5 gramos y, respectivamente, del 35 por ciento.
En el niño en edad preescolar y antes de la adolescencia la producción de glóbulos rojos se produce con una velocidad superior al crecimiento general del organismo, motivo por el cual se comprueba un aumento gradual de la hemoglobina, del hematocrito y del número de glóbulos rojos. En la adolescencia comienzan a ser divergentes los valores relativos a los dos sexos: en las niñas el aumento gradual de la hemoglobina continúa en el periodo en que comienza la pubertad y se mantiene luego en los niveles alcanzados. En los varones la hemoglobina alcanza valores superiores y se ‘mantienen así, con respecto a las mujeres, también en la vida adulta.
Cuando se realizan los exámenes de sangre de rigor, al hacer, durante el primer año de vida y en el decimosegundo, lo primero que hay que comprobar es si el sujeto que se está examinando es anémico o no.
Al respecto, son tres los exámenes que se deben hacer con la muestra de sangre que se obtuvo: el recuento de glóbulos rojos, la evaluación de la hemoglobina y la determinación del volumen de los glóbulos rojos con respecto al de la sangre (hematocrito).
El recuento de glóbulos rojos se puede efectuar en un laboratorio, por medio del microscopio, con un margen de error del 4 -8 por ciento, o bien automáticamente, con un margen de error del 2 – 4 por ciento.
El recuento provee una apreciación indirecta del contenido de hemoglobina en la sangre, mientras que una evaluación directa se puede obtener con medios químicos o bien, con menor margen de error, con medios ópticos: la cantidad de hemoglobina que se encuentra en 100 mililitros de sangre (como se expresan normalmente los resultados de este examen) es un Índice de la capacidad de esta sangre para trasportar oxígeno, de donde se deduce que un nivel bajo de hemoglobina equivale a un diagnóstico de anemia.
La relación entre el volumen de los glóbulos rojos y el de la sangre se obtiene mediante la centrifugación de una muestra de sangre en una probeta graduada: los glóbulos rojos se concentran en el fondo, mientras que el plasma se ubica en la superficie. La graduación de las probetas indica el porcentaje de la relación volumétrica entre glóbulos rojo, y sangre. Los tres valores que se obtienen permiten elaborar algunos índices de gran utilidad para definir algunas características de los glóbulos rojos que
La salud del niño
“Los controles médicos periódicos son útiles durante la infancia. Sin embargo no son suficientes: es necesario que la salud física se enriquezca con un desarrollo psicoemotivo armónico que solamente puede garantizar un ambiente equilibrado.“
La responsabilidad de los padres y de la sociedad con respecto a los niños no puede limitarse solamente para garantizarles la supervivencia y la defensa de las enfermedades, sino que también debe comprometerse creando las condiciones suficientes para que su desarrollo físico, psíquico e intelectual no se vea limitado por factores que pueden ser evitados. La evaluación de las condiciones de salud, de crecimiento y de desarrollo debe comprender también los elementos que caracterizan el ambiente familiar y social en el que el niño se cría y se educa, no sólo en cuanto a factores físicos y emocionales, sino también con respecto a factores sociales y educacionales que pueden favorecer o impedir la expresión plena de los potenciales psicofísicos de cada niño. Para lograr este fin es necesario que se cree alrededor de cada niño una red solidaria de intereses que comprometa en forma constante y exhaustiva a todos aquellos que en la familia, en la escuela, en los hospitales, en las instituciones deportivas están diariamente en contacto con los distintos aspectos normales y, eventualmente, patológicos del niño.
La exigencia de una evaluación global y dinámica del niño obliga a tener siempre presente que ningún control debe ser considerado definitivo. La comprobación de que un determinado valor es’ positivo con respecto’ a la existencia de una forma morbosa debe indicar sólo la necesidad de profundizar las investigaciones y no debe, como sucede a menudo, constituirse en la base suficiente para decidir solamente una terapia específica; de la misma manera un resultado negativo no puede asumirse como prueba concluyente de que no existan problemas momentáneos o en el futuro.
Las enfermedades y los parámetros fisiológicos susceptibles de ser controlados en forma útil en el trascurso de la infancia son muchos más de los que se tratan en este volumen. Es posible, sin embargo, individualizar los principales problemas y poner en práctica algunas elecciones, sobre todo aquellas que hacen posible un diálogo constructivo con el pediatra, en torno del cual debería girar toda iniciativa tendiente a garantizar al niño las condiciones mejores de crecimiento y de desarrollo.
Guiados por el pediatra, los padres, conscientes- de los problemas más importantes con referencia a la salud de sus hijos, pueden y deben ser parte activa y estimuladora de todas las personas y de las instituciones que se ocupan de esta parte tan importante de la vida del hombre.



